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Un hacercamiento a distintos aspectos de la obra de Ludwig Wittgenstein, a través del comentario de dos libros por Alejandro Piscitelli .
Wittgenstein Flies a Kite: A Story of Models of Wings and Models of the World de Susan Sterrett. “Pues bien esa extraña obra trae a colación una observación, que en mas de una ocasión Wittgenstein le habría dicho a sus amigos, según la cual los modos de representación pueden tomar su fuente de inspiración de modelos a partir de los modelos en escala. Intuición que se le habría revelado en su vida de soldado en el otoño de 1914.
Susan Sterrett imaginó que esos modelos a escala no necesariamente eran muñecos o cajitas o dibujos, sino modelos en escala de ingeniería experimental. Lo que no resulta nada descabellado si recordamos que Wittgenstein había sido un ingeniero aeronáutico antes de convertirse en uno de los discípulos mas agraciados de Bertrand Russell con quien estudiaría filosofía en Cambridge en 1911.
No es el menor de los misterios esta causalidad invertida que lo llevó a imaginar el carácter ideacional de los modelos muchos años después de haber dejado de ser ingeniero. Aunque el misterio no es tal, ya que fue recién en 1913-1914 que este método experimental de creación de modelos se convirtió en un principio de diseño general acerca de cualquier sistema simbólico capaz de representar relaciones físicas”.
The Craftsman de Richard Sennett. “Este intelectual apolíneo y medido, un pianista excepcional, acaba de publicar una nueva obra que dará mucho de que hablar.. y de hacer durante largo tiempo.
Se trata de The Craftsman (Yale University Press,2008) que comienza precisamente con una referencia a la cara arquitectural de Wittgenstein, quien no estaba tanto interesado en “crear edificios” cuanto en presentarse a si mismo “los fundamentos de todos los edificios posibles”
Con su habitual perspicacia Sennet insiste en la profundidad (y no demasiada detectada afinidad, a excepción de con Wittgenstein Flies a Kite: A Story of Models of Wings and Models of the World, la obra que mencionamos mas arriba), entre lo que Wittgenstein aprendió construyendo una casa y la inversión en su filosofía que lo alejó de la lógica rígida y formalista del Tractatus, y lo llevó a un compromiso lúdico con el lenguaje ordinario, las paradojas y las parábolas que terminarían en sus maravillosas Investigaciones Filosóficas (a años luz, o no tanto, del ya mencionado Tractatus)
Sin manos inteligentes (que hoy están ligadas en parte al uso del código como que la arquitectura es la política en principio de la red, pero también de la red del mundo real) no hay personas integrales. El tour de force de Sennett no es menor porque animándose le tira una estocada a fondo a una de sus madres intelectuales - y también pitonisa de la mayor parte de la intelectualidad local- es decir a Hannah Arendt quien insistía en que había que separar el mundo de las necesidades animales del mundo mucho mas sublime del arte, la política y la filosofía.
Y no es solo Arendt quien fomentaba esa división sin resto, sino gran parte de la filosofía de las formas simbólicas (desde Ernst Cassirer a Susan Langer, desde Susan Sontag a la mayoría de la intelligenstia local).
Fomentar ese dipolo es para Sennett tanto un error filosófico garrafal, como una propuesta ética y política descabellada. No solo desvaloriza a quienes trabajan con las manos, sino que desconoce que la ciudadanía está ligada a la socialización de las habilidades, y que no hacerlo implica caer en la tiranía de los expertos.. a quienes les sobra el cerebro pero les faltan las manos.
¿Pero qué sabe realmente un artesano? Nada mas y nada menos sabe como negociar entre la autonomía y la autoridad, como trabajar, no contra la realidad que se le resiste -admirable definición dada por Max Scheler en “El Puesto del hombre en el cosmos“-, sino con ella (como hicieron los ingenieros con los primeros túneles debajo del Támesis), como completar su tarea usando un mínimo de fuerza, como encontrarse con los otros usando una imaginación simpática (como hace el soplador de vidrio con su anticipación corporal que le hace ganarle un paso al vidrio en tren de disolución), pero sobretodo sabe jugar, ya que el juego es el origen del diálogo que el artesano mantiene con materiales como la arcilla y el vidrio, la madera y la piedra, el estuco y la epoxina.
No puede haber artesanía sin preparación y dedicación extremas. Hacen falta no menos de 10.000 horas de experiencia para forjar un carpintero o músico de fuste. A medida que las habilidades se refinan, los problemas se vuelven mas contextuales, la tarea deja de ser una actividad mecánica, y el artesano puede pensar profunda e intensamente acerca de lo que hace, hasta llegar -como dice Keith Richards en un maravilloso pasaje de “Shine a Light” la película de Martin Scorsese- a sentir pura y exclusivamente, porque en el escenario no hay tiempo para pensar (porque se lo hizo muchisimo y previamente) y solo queda hacer/sentir”.
Alejandro Piscitelli De “Wittgenstein flies a kite”, a “The Craftsman” de Richard Senett.

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