domingo, 4 de octubre de 2009

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¿Que democracia?. La etimología no resuelve todos los problemas de sustancia, pero a veces ayuda a pensar. Democracia: demos y kratos, y kratos del demos, el poder del pueblo -como la aristocracia es el poder de los aristoi, los mejores, los nobles, los grandes; como la autocracia es el poder de autos, de si mismo, del que no tiene que rendir cuenta a otro o a los otros-. ¿Donde vemos hoy el poder del pueblo?
Antes de continuar, seria necesario disipar dos confusiones debidas a dos autores modernos. El primero es Rousseau. En su obra del contrato social, la definición de la democracia es transparente, he insostenible, ya que procede de un juego puro de nociones abstractas. La democracia tal como esta concebida en Del contrato social, es la identidad del soberano y del príncipe, y consiste en la identidad del cuerpo legislativo o, en un sentido mas radical, del cuerpo instituyente y de lo que llamamos actualmente el poder ejecutivo, o sea, el poder gubernamental y la administración simultáneamente. En relación con este régimen, Rousseau dice que sería excelente para un pueblo de dioses, pero no realizable para los humanos. Semejante régimen nunca existió y no podría existir, aun en una tribu de cincuenta personas. La identidad del soberano y del príncipe implica que el cuerpo político decida colectivamente todo y ejecute colectivamente sus decisiones, con independencia de su objeto: por ejemplo, reemplazar colectivamente una bombilla quemada en la sala donde secionan las asambleas.En el contexto de semejante régimen, no puede ni debe haber ninguna delegación. Está claro que no nos referimos a esto cuando hablamos de democracia y que, por ejemplo, el régimen ateniense no se constituía de tal manera. Aprovecho esta simple alusión a los atenienses para repetir lo que he dicho en varias oportunidades -pero no hay peor sordo...-, a saber, que los atenienses nunca fueron para mi un modelo, y que no dije que no se haya hecho nada políticamente importante a posteriori.
Grecia nos importa por el hecho que en su seno aparecieron formas que nos hacen o pueden inducirnos a reflexionar, y que en el campo político, particularmente, muestran que algunas formas democráticas de ejercicio del poder son posibles y realizables. Esto ocurrió en colectividades de treinta mil ciudadanos. ¿Qué puede pasar cuando se trata de treinta millones o tres mil millones de ciudadanos? Esto, que es el verdadero problema de la democracia en la actualidad y que ninguno entre los pensadores de la democracia parece querer planteárselo -más bien, se esquiva el problema hablando de soberanía de la nación-, constituye otra cuestión.
Algunas palabras ahora con respecto a la significación del término en Tocqueville. Inmenso pensador que llega a Estados Unidos con apenas treinta años de edad, permanece algunos meses y vislumbra cosas que nadie vislumbraba, al punto tal que, desde hace varias décadas, los politólogos y los sociólogos de Estados Unidos recurren a él para comprender la sociedad estadounidense.
Tocqueville no era, de ninguna manera, un formalista; no analiza disposiciones constitucionales, sino que describe una situación social (y cultural -una institución imaginaria, en el sentido que le doy a este término-) caracterizada por la igualdad de condiciones, igualdad que tendría la chance, por retomar el término de Max Weber, la probabilidad significativa de realizarse, de manera efectiva, en la sociedad. Lamentablemente, el momento en que Tocqueville describe semejante estado de cosas en Estados Unidos es el momento en que este estado desaparece. Es la era de Jackson, la industrialización avanza a pasos redoblados, los obreros trabajan 72 horas por semana, etcétera. La igualdad de condiciones tiene mucho plomo en el ala -ya lo tenía, en realidad, desde el punto de partida-. (Dicho sea de paso, los aduladores de la república americana olvidan generalmente que los padres fundadores establecieron la Constitución con el propósito de luchar en contra de los movimientos sociales subversivos que se manifestaban en la época, las demandas de supresión de las deudas, etcétera) ¿Cuál es entonces, en relación con el problema actual de la democracia (en 1990), la pertinencia de las descripciones de Tocqueville?
Pero la descripción de Tocqueville era esencialmente sociológica, no política. Mejor dicho era sociohistórica. No apuntaba tanto al poder político sino a esa enorme agitación en el imaginario de las sociedades modernas que rechaza las diferencias hereditarias de status, o en otros términos, que rechaza todo status jurídicamente permanente e inaccesible al ciudadano común.
La igualdad de las condiciones constituye el movimiento general de las sociedades humanas que Tocqueville proyecta, mediante una intuición genial, sobre el conjunto de las sociedades modernas y que las lleva a rechazar las antiguas discriminaciones sociales.
Pero, ¿que es lo político? Lo político es el poder, su adquisición, su ejercicio. Encontraremos pocas cosas sobre este asunto en la obra de Tocqueville, y su concepción de la democracia es políticamente inutilizable.
La evolución de las sociedades occidentales muestra que, efectivamente, hay un movimiento hacia la igualdad de condiciones en el sentido de Tocqueville. En esto radica una de las dimensiones del rechazo del orden antiguo, que combina la tendencia, hacia la realización del proyecto de autonomía individual y colectiva con la transformación capitalista del dinero como verdadero equivalente general y, por lo tanto, como sustituto general (ampliamente descrito por Balzac mucho antes de su formulación por Marx). Hay una tendencia hacia la igualdad de ciertas condiciones y, simultáneamente, una tendencia hacia la desigualdad de otras condiciones, que se reproducen constantemente y permanecen siempre con nosotros. Desde el punto de vista de la efectividad sociohistórica, no del de la letra de las leyes, vivimos en sociedades fuertemente desiguales, en lo concerniente, sobre todo, a lo que se refiere al poder en todos sus aspectos.

¿Que debemos comprender por democracia?
En primer lugar, la democracia es el poder del demos, o sea, la colectividad. Se plantea inmediatamente la pregunta: ¿donde se detiene este poder? ¿Cuáles son sus límites? Este poder, evidentemente debe detenerse en alguna parte, debe implicar límites. Pero, además, también resulta evidente que a partir del momento en que la sociedad ya no acepta ninguna norma trascendente, o simplemente heredada, no queda nada que pueda, intrínsecamente, fijar los límites donde este poder debe detenerse. De ello resulta que la democracia es, esencialmente, el régimen de la autolimitación, Los derechos del hombre, por ejemplo, constituyen tal autolimitación.
La democracia es el régimen de la autolimitación, en otras palabras, el régimen de la autonomía o de la autoinstitución. Considerados en la plenitud de su sentido, estos tres términos son, en realidad, sinónimos.
La democracia es un régimen que se autoinstituye explícitamente de manera permanente.
Segundo punto: ¿que significa la igualdad en el contexto de una sociedad autónoma, auto gobernada y autoinstituida? ¿Cuál es el pasaje lógico y filosófico de una (la autonomía) a la otra (la igualdad)?
Libertad e igualdad se exigen mutuamente. Viviendo en sociedad, no puedo vivir fuera de estas leyes. (Vivir en sociedad no es un atributo azaroso del ser humano, es justamente, ser humano. Las leyes no son un agregado, deseable o deplorable, a la sociedad; la institución es el ser-sociedad de la sociedad).
Igualdad significa, entonces, rigurosamente hablando: igual posibilidad para todos, efectiva, no meramente escrita, para participar del poder.


Cornelius Castoriadis. Extraído de “Figuras de lo pensable (Las encrucijadas del laberinto VI)”.

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