viernes, 30 de mayo de 2008

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“Cuando hay suficientes ojos, todos los problemas se convierten en nimiedades”.

Código al descubierto: el net art y el movimiento de software libre. En septiembre de 1999 el sistema operativo GNU/Linux recibió el premio del jurado en el festival de arte y tecnología Ars Electronica. El premio, otorgado a la categoría “.net”, convirtió en una obra de arte un sistema operativo desarrollado gracias al trabajo de varios colaboradores. Dejando de lado el gesto duchampiano del jurado de proponer que una herramienta para la producción fuera considerada arte, se puede decir que el evento marcó la popularización de la analogía, hoy con frecuencia establecida, entre la práctica del arte vanguardista y la producción de software libre. Esta analogía insiste en reconocer que ambas actividades, la creación de arte y la creación de software, se definen mediante la naturaleza necesariamente colectiva de la producción intelectual y creativa.Por una parte, se reconoce que el genio oculta la naturaleza dialógica de la producción cultural tras el emblema del estilo personal o la innovación, que a su vez tacha a los no artistas de difuntos creativamente hablando. Por otra, se puede decir que los modelos cerrados o patentados de producción comercial de software crean un cerco alrededor de la innovación atribuyéndose injustamente la autoría individual o corporativa del último invento de la historia radicalmente colectiva de producción de software en informática. Cerrar y proteger mediante copyright el código fuente de un componente de software también reduce artificialmente las posibilidades futuras de adaptación, además de condenarlo a la sofocante monotonía de una identidad o un producto fijos, alterados sólo por modificaciones estrictamente controladas que resultarán en su lanzamiento como una actualización de la identidad o del producto: la falsa sensación de innovación y diferencia en un régimen de inquebrantable homogeneidad.
Los rígidos controles impuestos por los derechos de propiedad intelectual –que dependen de la posibilidad de demostrar el origen y, por tanto, la propiedad de las ideas– destierran el "código" (artístico o técnico) del escrutinio de posibles colaboradores y constituyen una "defensa" contra el fértil caos de las invenciones no controladas. Mientras se aísla a los codificadores que trabajan como esclavos en Microsoft y se los motiva con remuneraciones económicas, los entusiastas que trabajan en la comunidad del software libre obtienen los beneficios que produce la economía de donación, la cual se rige por el teorema de Linux: "given enough eyeballs, all bugs are shallow" ("cuando hay suficientes ojos, todos los problemas se convierte en nimiedades").[1] Asimismo, mientras el artista que está encerrado en el circuito de galerías está condenado a la permutación de un estilo de autor parecido a la producción en cadena de actualizaciones de software, el artista plagiador, liberado de la carga de la identidad individual, navega por las alborotadas olas de la creación sin dueño hacia lo desconocido.

Así pues, la comparación entre el arte de vanguardia y el software libre no sólo señala la naturaleza colectiva de la producción cultural, sino que también señala los efectos revolucionarios que ésta puede tener cuando no se distinguen consumidor y productor. Este mismo sueño de no diferenciación defiende también el deseo vanguardista de disolver el arte en la vida o, mejor dicho, de hacer del arte una práctica más de la vida. La división del trabajo (artístico) –enemigo de dicha no diferenciación– es un punto de partida crucial para el compromiso vanguardista al conceptualizar una revolución cultural o de otro tipo. Apliquemos un análisis marxista de los medios y las relaciones de producción a la cultura: a veces se ha comparado al artista con el capitalista que se aprovecha de la fuerza laboral del proletariado, ganándose, en consecuencia, su antipatía, para conseguir excedentes que se puedan utilizar como producto u "oeuvre" acumulado para perpetuar la explotación de muchos por parte de pocos. El genio-artista, real según el modelo "el ganador se lo lleva todo" del capitalismo, es capaz de ocultar la heteronimia de la producción cultural que subyace tras la expresión o posesión singular de un intelecto y una imaginación soberanos. Por tanto, una manera radical de entender el arte sería la deposición del productor soberano y la devolución de la riqueza compartida de creatividad a sus verdaderos propietarios: la multitud. Por eso, empieza a destacar una reapropiación y transformación de los medios artísticos de producción: revelar los códigos fuente culturales sin una finalidad concreta.


Josephine Berry, editora adjunta de la revista Mute. Extraído de Artnodes revista digital, 01/11/2003 .

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