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El azar y la necesidad. Investigador junto con François Jacob de los mecanismos de transmisión de la información genética, Jacques Monod publicó «El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna» en 1970, obra en la que examina tanto desde el punto de vista biológico como desde el filosófico los problemas fundamentales de la biología moderna, en especial, la teoría de la evolución, en la que destaca el papel esencial del azar en la alteración de los genes, y el papel de la necesidad entendida desde la perspectiva de la selección natural.Según Monod, el azar, «noción central de la biología moderna», se manifiesta en dos formas: primero, en lo referente a la mutación casual de la cadena genética, producida exclusivamente por «error de transcripción», debida esencialmente al azar (aunque quizá sólo según el estado actual de las investigaciones); segundo, en lo tocante a las «consecuencias funcionales» de la mutación, la cual depende ya de una coincidencia con las condiciones ambientales que han de favorecer la perpetuación de esta mutación. Éste es un azar absolutamente esencial, que no depende de nada más que de una intersección de «coincidencias absolutas», en las que nada tienen que ver los métodos de investigación.
En este libro, Monod expone también, los principios básicos de la biología molecular en conexión con los datos de la física, e intenta extraer consecuencias para la ética y la política. Según Monod, hay dos características básicas de todos los seres vivos: la invariancia reproductora y la teleonomía (apariencia de mecanismos teleológicos o finalistas). Esta concepción de la teleonomía es completamente opuesta a toda clase de finalismo, razón por la cual Monod se enfrenta a todo intento de explicación finalista en la naturaleza, y ataca las concepciones antropomórficas de Teilhard de Chardin y de otros autores. Para Monod, las propiedades de los seres vivos deben explicarse, como hemos dicho, a partir del azar que rige la estructura de la materia en los niveles microfísicos, azar que está inscrito en la estructura cuántica de la naturaleza, y debe entroncar también con el segundo principio de la termodinámica que rige todos los procesos evolutivos. En el mundo de los seres vivos el azar está representado por la dotación genética, sobre la cual operan los mecanismos teleonómicos celulares. El ADN es quien une la invariancia con la teleonomía. Monod investigó, también, el problema de la biogénesis u origen de la vida, estudiando el papel del azar en este proceso, insistiendo en que el temor a la idea del azar, en el origen de la vida y en su evolución, se debe a ideas ancestrales de trasfondo judeocristiano. Según los prejuicios de esta concepción ideológica, algo tan importante como la vida, especialmente la humana, no puede quedar en manos del mero azar, que se considera irracional. Tampoco el pensamiento primitivo, subraya Monod, dejaba nada al azar y lo situaba todo en manos de dioses. Contra estos prejuicios Monod insiste en que la explicación científica ha de ser materialista y ha de abandonar todo resabio animista, vitalista y finalista. Además extendió sus consideraciones al terreno de la ética y de la política, defendiendo un proyecto de tipo socialista humanista no marxista.
Sin embargo, a pesar de su meritoria labor de incentivar la discusión filosófica sobre la ciencia, la moral y la política, pronto se vio fuertemente atacado. En especial, se le reprochó el desconocimiento de los aspectos del azar tratados por la lógica modal (desde esta perspectiva el principio de indeterminación de Heisenberg no es a priori un indeterminismo absoluto) así como su interpretación discutible de las relaciones entre el azar microscópico y el segundo principio de la termodinámica.
Esta noción es también, de todas las de todas las ciencias, la más destructiva de todo antropocentrismo, la más inaceptable intuitivamente para los seres intensamente teleonómicos que somos nosotros.
El azar, concepto central en biología. Es muy importante precisar en qué sentido exacto puede y debe ser empleada la palabra azar, tratándose de las mutaciones como fuente de la evolución. El contenido de la noción de azar
no es simple y la misma palabra se emplea en situaciones muy diferentes. Lo mejor es tomar algunos ejemplos.
Se emplea esta palabra, por ejemplo, a propósito del juego de dados, o de la ruleta, y se utiliza el cálculo de probabilidades para prever el resultado de una jugada. Pero estos juegos puramente mecánicos, y macroscópicos, no son «de azar» más que en razón de la imposibilidad práctica de gobernar con una precisión suficiente el lanzamiento del dado o el de la bola. Es evidente que un mecanismo de lanzamiento de muy alta precisión es concebible, y permitiría eliminar en gran parte la incertidumbre del resultado.
Digamos que en la ruleta, la incertidumbre es puramente operacional, pero no esencial. Ocurre igual, como se verá fácilmente, en la teoría de numerosos fenómenos donde se emplea la noción de azar y el cálculo de probabilidades por razones puramente metodológicas.
Pero en otras situaciones, la noción de azar toma una significación esencial y no ya simplemente operacional. Es el caso, por ejemplo, de lo que se pueden llamar las «coincidencias absolutas», es decir las que resultan de la intersección de dos cadenas causales totalmente independientes una de otra. Supongamos por ejemplo que el Dr. Dupont sea llamado urgentemente para visitar a un nuevo enfermo, mientras que el plomero Dubois trabaja en la reparación urgente de la techumbre de un inmueble vecino. Cuando el Dr. Dupont pasa por debajo del alero del inmueble, el plomero suelta por inadvertencia su martillo, cuya trayectoria (determinista) es interceptada por la del médico, que muere con el cráneo roto.
Decimos que no hubo suerte. ¿Qué otro término emplear para un acontecimiento así, imprevisible por su misma naturaleza? El azar aquí debe evidentemente ser considerado como esencial, inherente a la independencia total de las dos series de acontecimientos cuyo encuentro produjo el accidente.
De modo que entre los acontecimientos que pueden provocar o permitir un error en la replicación del mensaje genético y sus consecuencias funcionales, hay igualmente independencia total.
Existe, en fin, a escala microscópica, una fuente de incertidumbre más radical aún, enraizada en la estructura cuántica de la misma materia. Luego una mutación es en sí un acontecimiento microscópico, cuántico, al que por consecuencia se aplica el principio de incertidumbre. Acontecimiento pues esencialmente imprevisible por su misma naturaleza.
Como se sabe, el principio de incertidumbre no ha sido jamás enteramente aceptado por algunos de los más grandes físicos modernos, empezando por Einstein que decía no poder admitir que «Dios juegue a los dados». Ciertas escuelas han querido no ver más que una noción puramente operacional, pero no esencial. Todos los esfuerzos hechos para sustituir por una estructura más «fina» la teoría cuántica, con lo que la incertidumbre habría desaparecido, son sin embargo liquidados y muy pocos físicos parecen dispuestos a creer hoy en día que este principio podrá desaparecer de su disciplina.
Monod, Jacques (1910-1976). Biólogo y bioquímico francés, recibió el premio Nobel de medicina en 1965, compartido con François Jacob y A.M. Lwoff, por sus estudios sobre el papel del ARN en las síntesis de proteínas del citoplasma.
Textos extraídos del Diccionario Herder de filosofía. «El azar y la necesidad», Barral, Barcelona 1973, p. 57-58.

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